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Madonna vuelve con Confessions II

Madonna vuelve con Confessions II

Madonna publica Confessions II, la secuela oficial de Confessions on a Dance Floor. Un regreso a la pista bastante actualizado con muchos y guiños a toda su carrera musical.

La Reina del Pop sigue llevando su corona. La lleva intacta a pesar de todos los que han intentado hundirla. Acaba de traer un disco de música dance muy solvente a pesar de los que hablan de su edad. CONFESSIONS II llega 21 años después de Confessions on a Dance Floor, con Stuart Price otra vez a los mandos, con un sonido actualizado que, al mismo tiempo, rescata gran parte de su propio universo sonoro, con guiños constantes a lo largo de toda su carrera.

Hemos escuchado los 16 temas del disco de un tirón, en la mezcla non-stop para la que está pensado, y lo primero que queda claro es que no han querido hacer un disco que viva solo de la nostalgia y del recuerdo. Hay pasado, sí — pero también hay disco pensado para sonar hoy, no solo en 2005.

Vamos por partes. Por aquí tienes el disco completo, por si quieres ir escuchándolo.

El regreso oficial: Warner, Price y la excusa de 2005

Confessions II llega este 3 de Julio: es la vuelta de Madonna a Warner Records, el sello con el que empezó y al que regresa casi dos décadas después de dejarlo. Price, el mismo productor que firmó aquel disco de 2005, ha explicado que esta vez se ha alejado del disco-house de entonces para acercarse al house de Detroit y Chicago. Una declaración de intenciones que suena bien sobre el papel.

El disco se publica en dos versiones —una de 12 temas y otra deluxe de 16— y mantiene el mismo formato non-stop del original, con los temas encadenados sin cortes. Es, formalmente, una secuela de verdad. En las últimas semanas me he escuchado varias veces «Confessions on a Dancefloor» —un disco que me marcó bastante en su momento— y en el redescubrimiento de varios temas que había olvidado, me fui haciendo a la idea de lo que encontraría en este nuevo álbum. Pues bien, nada o casi nada de lo esperado. En el mejor de los sentidos.

La primera mitad es una fieshhhta que promete

Arranca con «I Feel So Free», que entra casi susurrada, con una atmósfera casi de alarma y una producción muy cuidada que no suena en absoluto a la Madonna de discos anteriores. Deja claro desde el minuto uno que esto no quiere vivir solo de la nostalgia.

Sigue «One Step Away», que para nosotros es de las pocas bajonas de este primer tramo —dicen que es pegadiza, mejor no le pongo la mano en el fuego— antes de llegar al primer gran momento del disco: «Bring Your Love», con Sabrina Carpenter. House-pop con un beat que suena a la vez a otra época y a ahora mismo, y donde ninguna de las dos voces queda por detrás de la otra. Comparten presencia partes iguales. Hablan de las críticas y los números en el mercado, de la presión de la fama.

 

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Después llega «Danceteria», y ahí sí reconocemos a la Madonna de siempre: el estribillo, el pulso, la vuelta a sus años en el Nueva York previo a la fama. Es de los momentos más redondos del álbum. «Read My Lips», con Feid, arranca con guitarra y palmas de aire casi flamenco antes de virar del todo al reggaetón en su segunda mitad, cuando entra su voz — no es la primera vez que Madonna se mueve por ahí, ya lo hizo con Maluma hace unos años. «Everything» y «Love Sensation» cierran el bloque con un sonido más de club y menos pop, el segundo especialmente pensado para pista y sin ninguna melodía prestada.

Hasta aquí, el disco cumple exactamente lo que promete.

Bizarre: el momento en que el disco enseña las cartas

Y entonces llega «Bizarre», con Martin Garrix. A Garrix lo conocemos muy bien en ZETA —llevamos años siguiéndole la pista desde «Animals»— y por eso esta colaboración nos interesaba especialmente antes incluso de llegar a ella.

El tema arranca con sintetizadores filtrados y la voz de Madonna sobre vocoders, una energía suave que va creciendo con un beat de raíz muy disco, muy setentera. El preestribillo mete elementos bastante más actuales, pero manteniendo ese acento en el sintetizador principal. Y entonces llega el estribillo, sin ningún drop, sin ninguna explosión — y es en su segunda mitad donde sí reconocemos algo de Garrix, aunque no lo que esperábamos: unos sintetizadores que recuerdan más al pop de principios de los 2000, casi a Britney Spears, que a nada que suene a la escena de 2026.

Es como si a un tema de pop, Garrix le hubiera hecho un remix suave y alternativo.

Ver a Martin Garrix involucrado en un proyecto tan grande es un orgullo para cualquier amante de la electrónica. Decía Martin que estaba trabajando con artistas con los que nunca pensó en compartir una habitacuón. La producción es de altísima calidad, pero nos hemos quedado con ganas de más.

Aquí es donde el disco da un giro. No solo de sonido —literalmente entra con un parón que rompe el pulso que traía— sino de intención. El tema es un buen single, pero una pérdida de oportunidad. Podríamos haber encontrado una Madonna más metida en la escena club y festivalera actual.

La cara B: cuando Madonna deja la pista para hablar con los suyos

Si esto fuese una de esas antiguas cintas, tendríamos que cambiar a la cara B. Primero porque llevamos algo más de la mitad del disco y segundo porque lo que encontramos es bastante diferente. «School» llega con un sonido entrecortado y algo ecléctico y es, para nosotros también, el momento más flojo del álbum— quizá porque sus cuatro minutos hubieran funcionado mucho mejor como un interludio de dos.

Y entonces el disco se pone serio de verdad. Aquí encontramos a la Madonna más confesional, menos de pista de baile. «Fragile» está dedicada a su hermano Christopher Ciccone, y es el giro emocional más claro de todo el álbum: una melodía que recuerda al Confessions original pero con un beat a contratiempo y una voz mucho más íntima. En «My Sins Are My Savior», con Stromae (creador del hit Alors On Danse), la idea es que los propios errores pueden acabar siendo lo que te salva — la corona sigue puesta, venga quien venga a intentar quitártela. Otra pequeña oportunidad perdida. «Betrayal» es el ajuste de cuentas más frío del disco, y es también donde por primera vez en toda la escucha nos entraron ganas de saltar de tema — no ayuda una transición mal resuelta entre el piano del corte anterior y la trompeta que abre este.

«The Test», con su hija Lourdes Leon, recupera algo de ritmo dentro de este tramo más íntimo, en clave de reconciliación real entre madre e hija. Y el disco cierra con «L.E.S. Girl», que mira otra vez a aquella chica de Danceteria, la de antes de la fama, en un epílogo atmosférico que cierra el círculo con el arranque del disco.

Mi veredicto

Qué poco me gusta a mi esto de dar veredictos y sentar cátedra. Y más tratándose de un álbum que ha llevado casi dos años de creación.

Hay algo que hay que reconocerle a Confessions II: en un momento en que todo se piensa para el gancho de los primeros 15 segundos, aquí casi ningún tema baja de los tres minutos y medio, y la media ronda los cuatro. Y funciona. No hay un solo momento de relleno perceptible; cuando te quieres dar cuenta, ya estás en el siguiente tema. Sobre todo en la primera parte del álbum. Las pistas finales se me hicieron un poco densas.

Lo que sí echamos en falta es un cierre distinto. Una vuelta al dancefloor. Un último baile. Con toda la carga emocional que trae la segunda mitad, un último himno de pista antes de que se enciendan las luces —algo parecido a lo que hizo Bebe Rexha colocando su tema más bailable al final de su disco— hubiera cerrado mejor el círculo que promete el título.

La primera mitad, hasta «Bizarre», es la que nos quedaríamos: ahí sí está el disco de baile que vende la campaña. Lo que viene después es otro disco, uno de duelo y reconciliación, que Madonna se ha ganado el derecho a hacer aunque rompa el ritmo. A estas alturas, ella se lo permite todo. Nosotros también se lo permitimos.

Raúl Fernández
Locutor, Productor de contenidos y Técnico de Sonido. Presenta «Oh!MyHITs». Apasionado de la radio desde los 11 años. Le gusta la fruta escarchada.
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