Cultr

Los clubs que no van a llegar a 2027

BLITZ cierra en Múnich, Brooklyn Storehouse en Nueva York y Bloom ya bajó la persiana en San Diego. Los cierres de clubs de música electrónica en 2026 no son por mala suerte.

Este año los cierres de clubs se están acumulando a un ritmo bastante alarmante. BLITZ anunció en febrero que cerrará en Múnich el último fin de semana de julio, después de nueve años en activo. Bloom bajó la persiana en San Diego en marzo. Brooklyn Storehouse ha confirmado su última noche para Halloween en Nueva York. Y Algha’s Plantroom, en Londres, lleva semanas intentando recaudar fondos para no cerrar antes de que acabe el verano, con un desenlace que, a día de hoy, nadie puede asegurar.

Son cuatro ciudades diferentes con cuatro modelos de negocio distintos ¿Qué hace que este tipo de clubs se estén extinguiendo? Ninguno de ellos roza el underground puro ni tampoco son marcas globales. Están en un punto intermedio.

La narrativa fácil es decir que el club culture está muriendo. Esto no es 100% mentira. Los hábitos de ocio nocturno han cambiado mucho en los últimos años, los costes operativos no han bajado desde la pandemia y los festivales de gran formato o conciertos masivos siguen absorbiendo casi toda la atención y presupuesto de los posibles asistentes.

Mientras estos cierres se acumulan, Pacha reabre en Nueva York, en Brooklyn, con 302,5 millones de euros detrás e Insomniac concentra sus operaciones en San Diego en NOVA, el venue que acaba de renovar. El problema no es que todo cierre, el cierre es selectivo.

Los que no aguantan

BLITZ llevaba nueve años en Múnich, instalado en el antiguo salón de congresos del Deutsches Museum. Por allí habían pasado Richie Hawtin, Seth Troxler, Laurent Garnier, Jeff Mills. Un recinto con una identidad muy propia, un sistema de sonido diseñado a medida y una reputación construida durante casi una década. Sus responsables anunciaron el cierre «por razones más allá de nuestro control». No dijeron cuáles.

Brooklyn Storehouse fue algo más explícito, aunque tampoco mucho más. El espacio en el Brooklyn Navy Yard, operado por Broadwick Live, anunció que el solar se reutilizará para infraestructura climática. Sus responsables lo describieron como «una activación provisional de un solar durante un período de transición», un proyecto que, desde su concepción, nació sin vocación de permanencia. Lo que no explicaron es qué peso tiene en la decisión la batalla legal que mantienen sus dos cofundadores, que se demandan mutuamente por el control de la empresa. Muchos grandes como Carl Cox, Marco Carola, PinkPantheress o DJ Snake pasaron por allí. Su último evento será en Halloween.

Bloom es el tercer modelo. Un club que Insomniac operaba en un local con historia — el mismo espacio que durante años fue Bassmnt, uno de los referentes de la escena de San Diego — y que cerró en marzo casi sin hacer ruido. Con dos venues en la misma ciudad, Insomniac optó por quedarse solo con uno. Para sorpresa de nadie.

 

AYÚDANOS

A SEGUIR

PUBLICANDO

ZETA LIFE es un blog completamente independiente, sobre música electrónica, tecnología y tendencias.Invitándonos a un café nos ayudas a mejorar el contenido y costear el mantenimiento de la web, que cada vez es más caro. Aporta lo que desees en un solo pago, solo si tu situación económica te lo permite. También puedes suscribirte para hacer una aportación mensual o anual. Gracias ?✨.

Alghas-plantroom

Y luego está Algha’s Plantroom, en Hackney Wick. Tan solo dos años abiertos, FKA twigs y Coucou Chloe entre sus invitados, y ahora necesitando 20.000 libras para seguir adelante. A día de hoy, el crowfunding sigue abierto.

Del otro lado

Ya os contamos en ZETA la reapertura de Pacha en Brooklyn cuando se anunció el acuerdo. FIVE Holdings llegó al complejo del antiguo Brooklyn Mirage con una inversión apoteósica, licencias negociadas y un calendario que está agotando entradas en el opening. No es el único ejemplo: las marcas con más caché o historia detrás están aguantando o incluso expandiéndose.

Pero hay algo más que el dinero detrás de esto. Los hábitos de consumo también han cambiado, y no precisamente a favor del club de barrio. Hoy la gente reserva su presupuesto para las experiencias que no se puede perder: el festival de renombre, el viaje pera ver a su artista favorito, la noche con un cartel que va a estar en todas las fotos del fin de semana.

Los cachés de los grandes nombres llevan años subiendo. Los vuelos y los hoteles también, y aun así la gente no se lo pierde por nada del mundo. El FOMO que generan las redes sociales hoy en día es brutal. Si todos están en Tomorrowland o en el closing de Ibiza, la presión para estar ahí es real, cueste lo que cueste. Esto hace que, sistemáticamente, quede fuera del presupuesto la noche de entre semana en el club de siempre.

La diferencia no está en la calidad de la programación. Está en que un venue de tamaño mediano sin respaldo financiero no tiene red cuando llega una mala racha y cada vez tiene menos noches buenas para compensar las malas.

Que nos estamos perdiendo realmente

Hay un tipo de espacio en peligro de extinción: el club que no es ni underground puro ni gran marca. Ese club de tamaño mediano que lleva años construyendo una comunidad, que programa con criterio propio, que no depende de un presupuesto corporativo pero tampoco tiene la base de seguidores incondicionales que protege a los espacios más pequeños y con identidad.

Brooklyn-storehouse

Es la misma tensión que aparece en la reforma que acaba de aprobar Alemania para reconocer legalmente sus clubs como espacios culturales. La respuesta institucional llegó, en parte, porque sin protección ese tipo de espacios no pueden competir con la especulación inmobiliaria ni con los operadores que se pueden permitir escalar.

Lo que nos llevamos de 2026 es una visión muy triste del mercado. Tiende a los extremos. Solo hay sitio para los clubs underground con comunidad fiel y estructura ligera o para la gran marca con inversiones millonarias detrás. Los que están en el medio —donde vive la mayor parte de la escena tal y como la conocemos— las están pasando canutas para sobrevivir.

Alemania acaba de demostrar que la legislación puede proteger estos espacios antes de que desaparezcan. Y casos como el de Algha’s Plantroom demuestran que, cuando la comunidad se moviliza, a veces sí hay salida. Pero ninguna de las dos cosas resuelve el problema de fondo. Mientras el presupuesto de ocio siga concentrándose en los grandes eventos y no haya protección estructural para los espacios intermedios el patrón no va a cambiar. La pregunta no es si se puede hacer algo. Es si va a hacerse antes de que no quede nada que proteger.

Shey Alonso
Programadora. Técnico en producción y sonido para audiovisuales y espectáculos. Le encantan las manualidades y es una amante incondicional de los spaghetti carbonara.
0 %